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lunes, 14 de diciembre de 2009

IV Exaltación Poética Gracia y Esperanza

El pasado domingo 13 de diciembre de 2009 a las 12.30 del medio día,
tuvo lugar la IV Exaltación Poética en honor a nuestra Sagrada Titular
María Santísima de Gracia y Esperanza.

Dicha Exaltación fué recitada por nuestro Hermano D. Antonio Romero
González que, además de su amor y admiración por la Virgen de Gracia y
Esperanza, goza ya de una amplia trayectoria pregonera en la que se pueden
destacar entre otros, el Pregón del Costalero que pronunciara esta
Cuaresma o el de Las Glorias de María el pasado año 2008.

La parte musical corrió a cargo del Quinteto de Metales AMADEUS de
nuestra ciudad, que interpretó varias marchas procesionales.



Evocación:

Podría comenzar diciendo que desde el primer día que te conocí, sabia que viviríamos una historia de esas de película. Pero no es así. Nuestra historia se ha ido construyendo poco a poco, madurando en la distancia, creciendo en la añoranza del recuerdo y de las ganas por querer verte.

Quisiera contar esas historias de cuando llegaste. De cuando, la escasez desplegaba el ingenio, y el cariño hacía que no te faltase ni un solo detalle. Quisiera haber vivido completamente ese palio verde, tejido desde el amor, y las largas noches de ensayo. Quisiera haber sido uno de esos que dejaron las túnicas a un lado, o abandonaron las aceras para poder subirte en un apoteósico y dramático Domingo de Ramos. Quisiera haber sido uno de esos jóvenes que te pasearon con la primera cuadrilla de costaleros. Quisiera haber sido tantas cosas, pero...

Solo puedo contar otras historias, diferentes, ni mejores ni peores. Una historia que comenzaba en la niñez, y como dos adolescentes, nos fuimos acercando y alejando. Yo con mis cosas y tú, esperándome pacientemente, y así, solo así, nuestra historia es verdadera, no influida por nadie, por viejas tradiciones familiares, ni la de amigos que nos hayan llevado de su mano hacia ti.

Aún añoro el momento

Como si fueses un sueño,

Guardado quedamente

En un rincón de mi cielo.

De aquella lejana cuaresma

Solo queda el recuerdo

De cuando iba a buscarte

Con el frío de un febrero

En una noche cerrada

Y deseos prisioneros

De sentimientos gastados

Al devenir de los tiempos.

Quiero seguir recordando

Mis conseguidos sueños

Quiero poder regalarte

Los que son humildes versos

Y aunque pasen los años

Quiero darle el encuentro

A la más bella Gracia

Y Esperanza que más quiero.

Agradecimientos:

Yo pienso, que para todo en la vida hay un momento. Y creía que para mí, todavía no había llegado el que me diese la oportunidad de contaros los sentimientos que guardo en la profundidad de la alacena del corazón, de los que son protagonista mi Virgen de Gracia y Esperanza.

Pero parece que estaba equivocado, y como me ha dicho muchas veces mi querido amigo, Pitu, Ella nos lleva hacia donde cree que tenemos que ir, nos marca el camino, y nos guía. Nada queda al azar, todo tiene una explicación y una razón. Si Ella ha querido que sea este año, por algo será. Quizás, para animarme por un año que no ha sido el mejor de los vividos, quizás porque sepa que necesito un empujón en el ánimo, o porque sabe que necesito contaros cosas, que de otra manera sería incapaz de hacerlo. Y como Ella sabe lo que hace, tendrá sus motivos, para que él no esté aquí hoy con nosotros. Yo desde este atril, lo único que puedo hacer es pedirle que lo cuide, y que nos lo devuelva pronto a San Diego, porque todavía tenemos muchos proyectos que realizar.

Para que hoy esté aquí, han tenido que pasar varias cosas, pero posiblemente de las más importantes que hayan pasado, ha sido el apoyo de los miembros de mi junta de gobierno. Todos y cada uno de ellos, han aportado su granito de arena para invitarme y convencerme para que aceptara esta dicha.

Pero, quiero agradecer de manera muy especial a mi presentador, Juanma, que aceptase esta responsabilidad. Porque fue un asalto con nocturnidad y alevosía. Gracias por ser mi amigo desde hace tanto tiempo, gracias por confiar en este loco para que sea tu socio. Y gracias por estas palabras, que seguro has tenido que arrancarle a la noche.

Por último, quisiera dar también las gracias, a mi familia, mis primos, mi prima y mi hermana, miembros de esta Hermandad, y a mis padres, que durante tantos años, han hecho el esfuerzo para que pudiese venir a los ensayos, y después, han aguantado silenciosamente el miedo de tener un hijo en la carretera. Gracias por no haberme dicho nunca que faltase a ensayo alguno y por haber hecho que uno de mis sueños se cumpliese.

La Gracia y la Esperanza en Tu nombre:

Es curioso como en estos días de adviento, próximos al nacimiento del Mesías, exaltamos una Imagen Mariana de la Pasión. Pero, si vemos su nombre, está relacionado con dos de las festividades más importantes de la vida de la Virgen María. La celebración de su Concepción, libre de pecado el pasado ocho de diciembre y la de la celebración de su estado de Buena Esperanza el próximo día dieciocho.

La Gracia de Tu nombre, está en el blanco de tu saya, en el pálido color de Tu rostro. La Gracia de Tu nombre, es la dicha de haber nacido para ser, como te ha llamado un gran amigo mío, el primer Sagrario de la Cristiandad. Donde se custodió el Cuerpo y la Sangre de Cristo durante nueve meses. Donde Dios tomó forma humana y donde ya Tu alegría por ser Madre, ya se volvía en la tristeza de saber que el Hijo que esperabas tendría que ser entregado a la más cruel de las muertes. La Gracia de tu nombre, es haber tenido la suerte de acunarlo en Tus brazos, de haber corrido tras Él como cualquier madre tras su hijo para evitar cualquier travesura… la Gracia de Tu nombre, es la que derramas en estas cuatro benditas paredes, cada vez que pasamos a tu vera y te pedimos por cada una de nuestras circunstancias.

El blanco de la Gracia se vuelve verde manto Esperanza, con el que protegernos. Esperanza por ver que el que en San Diego, arrodillado pedía al Padre que pasara de Él, el cáliz de la Alianza, Expira en San Nicolás y resucitará tres días después en San Francisco. La Esperanza de Tu nombre, es la que nos lleva cada día a intentar ser mejores personas, a pensar que si una Madre fue capaz de entregar a su Hijo para la salvación de toda la humanidad, que no tenemos que hacer nosotros. El verde de tu manto es la Esperanza de poder volver a sentirte vivo, durante las horas que el Domingo de Ramos te acompañamos por las calles de Sanlúcar. Es saberte vivo a las cinco de la tarde cuando se abren las puertas de San Diego, y que las últimas horas agonizantes del Domingo de Ramos den paso a una nueva cuenta atrás.

Bajo su palio granate

Una gracia se pasea

Bajo dintel estrellado

Que le sirve de persea.

Con blanca saya caminas

Entre la ola y marea.

Quieren ver a la Señora

Que sus almas les avivan,

Esperanza verde manto

Que guarda manos benditas.

Que sostienen los pañuelos

Para lágrimas vertidas.

Entre varales de alpaca

Repican bambalinas

Con su dulce tintineo

Coquetea con la brisa

Que socarrona quisiera

Acariciar tus mejillas.

Y Contemplar tu mirada

Y degustarla día a día.

Encontrar verdad en ella

Amor, gozo y alegría.

Eres mi bendita madre

Faro de luz y vigía

Que no hay mayor gloria

Que darte toda la vida.

A Jesús a través de María:

Esta tierra sanluqueña, al igual que la mayoría de la andaluza, es Mariana por excelencia. En nuestra Sanlúcar tenemos grandes devociones protagonizadas por la Madre de Dios. La Reina de las Marismas, de la Rocina Señora y dueña del querer de muchos sanluqueños, que es visitada a diario en San Jorge. Carmelitano sentimiento se prodiga desde bonanza siguiendo la desembocadura del río hasta llegar a la bocana del puerto de Bajo Guía y descansa en el remanso de las aguas de la calle de la Capillita. Pero de todas las advocaciones sanluqueñas, la que más nos marca es la de Caridad. Nunca una Imagen tan pequeñita ha tenido tanto significado. Sus milagros, su historia, la entrega por su pueblo, la han hecho que se tan querida por todos nosotros.

Pero no debemos olvidar que María es el puente para llegar a su Hijo, para llegar a Jesús, a Dios hecho hombre. Y así, Gracia y Esperanza es el camino que a muchos los ha llevado hasta Él. El bendito arrodillado de San Diego. Ese Cristo moreno, que entre olivos imploraba que pasara de Él, el cáliz que salvaría a la humanidad, pero que sería el que le enviaría a la peor de las torturas posibles.

Tú, María de Gracia y Esperanza, nos has llevado de la mano a muchos, a conocerle, a quererle, a rezarle cuando hemos necesitado de su compresión y de su ayuda. En San Diego, sus majestuosas manos imploran por nosotros. Y esa mirada agonizante que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser, busca cobijo en los hijos por los que va a entregar su vida. Nunca un silencio, una Imagen inanimada ha expresado tanto. Tanto dolor, tanto amor y tanta belleza. Si en Sanlúcar hay unos ojos, esos son los del Señor de San Diego, los que piden clemencia, los que derraman amor, los que buscan a Dios y se ampara en los hombres, si en Sanlúcar hay una mirada, esa es la Tuya, Señor de San Diego. Si en Sanlúcar brillan dos ojos más que los luceros, esos son los tuyos, Jesús de la Oración en el Huerto.

Que buscas con la mirada

Arrodillado en el suelo,

Entre un cielo de olivos

En el terrenal huerto.

Acaso alejarte pides

De este cáliz agorero

Que le entregará tu vida

Al sufrimiento postrero.

Donde miran esos ojos

Que brillan como luceros

¿Qué buscas desesperado?

Entre los hombres consuelo

O una palabra que diga

Que eres el Dios moreno

El de la mirada divina

El que cura del veneno

El que nos lleva y nos guía

Por complicados senderos.

Que encuentras al perdido

Y al valiente hace eterno

El que habita el corazón

De amor puro y verdadero

Jesús en una Oración

Jesús el Dios moreno

Porque en Sanlúcar no existe

Deseo más verdadero

Que verte seguir rezando

Arrodillado en San Diego.

Tus ángeles costaleros:

Hace ya muchos años. Una junta de gobierno tomó una decisión arriesgada en su día. Siguiendo los nuevos aires que se estaban respirando en la Sanlúcar cofrade, intentaron crear una cuadrilla de hermanos costaleros para que llevasen las Imágenes de nuestros amores por las calles de Sanlúcar. Esos intentos, produjeron una serie de acontecimientos, que desembocaron en la ya conocida y más que recordada historia del abandono de Gracia y Esperanza antes de subir el carril.

Esa noche, como he comentado muchas veces, no la viví, por razones de mi edad. Pero lo que si he podido vivir, ha sido, la memoria que ha dejado en el pueblo de Sanlúcar, que cada Domingo de Ramos sigue esperando la subida de Gracia y Esperanza, como la de aquella noche. Esa cuadrilla improvisada, dicen que la subieron como los ángeles.

Años después, la cuadrilla que se creó, fue creciendo bajo las trabajaderas. Algunos, de los que comenzaban en esos años, eran casi niños, y fueron forjando una amistad, compañerismo y estilo propio, del que muchos hemos tenido la suerte de ser sus herederos. Parafraseando a un gran capataz, esta cuadrilla es diferente. Para lo bueno, y para lo malo. Pero sobre todo para lo bueno.

A esta cuadrilla solo le mueve una cosa, y esa es Ella. No entienden el esfuerzo de otra manera si no es para darle el paseo que se merece. La entrega en cada chicotá, la ayuda al compañero, el son de la marcha sobre los pies. Todo para que en primavera, solo haya un lucero, capaz de brillar en la oscuridad de la noche.

Una cuadrilla, que bajo la voz experimentada de Manolo Campos, ha grabado a fuego el nombre de muchos de esos ángeles costaleros. De mis primeros recuerdos, tengo en la memoria al por entonces más joven capataz llamando a Nono, Starky, Pomares o Morcy, antes de la levantá. Una cuadrilla, con Félix, Martín, Joselito Harana, Manolo Franco, Quinco, Chicho…y con los que nunca pensaba que iba a poder compartir esas revirás en la calle Sevilla, con en la Singer, o poder acariciar el empedrado de la cuesta belén y retroceder en las covachas. Una cuadrilla con mayúsculas, que ahora, ha sido heredada con maestría por Pepe, los hermanos Pedrote, Gabi, Carmelo Franco, los sobrinos de Joselito, Javi Rodri, y los que han quedado de los viejos costaleros, como Jerez, David, perico o primo. Ellos siguen haciendo grande a esta cuadrilla, a esta Hermandad.

Pero esta cuadrilla tiene hueco desde hace unos años. En esta cuadrilla, falta un costero en tercera. De los que quedaron de los primeros hermanos costaleros, y que a los que osamos intentar imitarlos, nos acogió y enseñó la idiosincrasia de esta gente. En un costero del paso de palio, hay un hueco, para un costalero, que quiso estar más cerca de Ella. Porque, detrás de la apariencia de duro, existía un solo sentimiento. Solo quería a su Virgen de Gracia y Esperanza. Y con tanto amor, solo podía hacer la locura de un joven imberbe y se fue a buscarla, para no dejarla jamás. Allí, en ese rinconcito del cielo, ya estará igualando a los ángeles celestiales, pero sabe, que su cuadrilla de ángeles costaleros, lo recuerda en cada chicotá del Domingo de Ramos, en cada revirá del Bar Javi con Calvario, y en cada una de los vaivenes de las bambalinas…

Por caminos celestiales

Pasean tus costaleros

Por callejuelas del arte

Y del amor verdadero.

Abrazan las bambalinas

Como si fuesen luceros,

Contonean los varales

Como juncos canasteros.

Con sabida elegancia

Al son de campanilleros

Entregan toda su alma

A la Virgen que más quiero.

Y la pasean con gracia

Y la mecen con esmero

Entregando cada segundo

A la vida del esfuerzo,

Para ayudar al amigo

Y ser buen compañero

Para llevar en los hombros

Encendidos candeleros

Que reflejan en la cara

Del más bendito lucero

Que eres Llena de Gracia

Y Esperanza de San Diego

Que no hay mayor gloria

En este mundo terreno

Que haber sido parido

Para ser ángel costalero.

Momentos:

Dentro de estas paredes se han vivido, y se siguen viviendo muchos momentos indescriptibles. Los muros de San Diego han sido testigos de como se fundaba una Hermandad, con la ilusión de unos cuantos jóvenes y el apoyo y trabajo de un hermano capuchino. Estos muros conocen muchas historias de ilusiones, de sueños, a veces conseguidos y otras no. Historias de entrega, de Hermanas que cuidaban a nuestros abuelos, de trabajo duro y de pocas recompensas.

En estas cuatro paredes, se han vivido, se viven y se seguirán viviendo muchos de esos momentos. En esta casa, todos hemos conocido a muchos de los que hoy forman parte de nuestras vidas. Gente que no teníamos el gusto de conocer y que poco a poco se han ido convirtiendo en personas importantísimas. ¿Cuántas noches no se han pasado sentados al fresco en el cancel de esta Iglesia? ¿Cuántos cultos se han montado? ¿Cuántas tardes de limpiar los respiraderos viejos? ¿Cuántas tardes limpiando la Iglesia y escuchando algún que otro grito del sacristán? ¿Cuántas flores escondidas en las jarras, después de un sábado interminable de flores? Tantos y tantos momentos vividos dentro de esta casa y alrededor de María, porque si muchos estamos aquí, es también por Ella.

Pero de estos momentos, quizás, el que más me ha marcado fue uno que tuve la suerte de vivir no hace mucho tiempo. Se que es una osadía por mi parte contarlo, pero tengo la necesidad de compartirlo. Cuando éramos niños, había un momento en el que los mayores nos decían que no podíamos estar en la Iglesia, que se iban a vestir al Señor y la Virgen. Este hecho, me ha marcado durante mucho tiempo, y aún siendo ya mayor, cuando esto iba a ocurrir, he seguido saliendo de la estancia para dejar que las manos expertas del vestidor, fuesen las que hiciesen su trabajo, sin ningún tipo de distracción. Aquí, hemos tenido la suerte, que nuestra queridísima Imagen ha sido vestida casi siempre por hermanos. Antes nuestro tan querido y olivo de oro Antonio Quintero, y ahora nuestro hermano y mi gran amigo Paco Miranda.

Pues bien, un día nos encontrábamos haciendo algunas cosas por la Iglesia, y Paco, y su “ayudante” comenzaron a sacar la ropa de la Virgen porque la iban a cambiar. Yo, como siempre, estaba esperando para salir cuando se fuese a producir este hecho, pero las labores me distrajeron y cuando vine a darme cuenta, ya iban a empezar con la labor. Paco, consciente de mi inquietud, me invitó a que me quedase, y puedo aseguraros, que ese momento, jamás, se me podrá olvidar en la vida.

El cariño, amor y dulzura con el que un hermano trata a la Virgen, no se paga con dinero. Antonio Quintero la ha querido como a una hija, y la mimaba cada minuto que pasaba con ella. Paco, por su edad, la quiere como a un amor de juventud. Y sus susurros al oído, son los piropos que todos quisiéramos regalarle. ¡Quién fuese las manos de cualquiera de vosotros dos! Para haber podido prenderla por el talle, y haberle puesto cada una de sus sayas, de sus rostrillos, de haber podido hablarle tan cerca, que nadie más nos hubiese podido oír...

Quisiera decirte al oído

Cosas que nunca dijera

Quisiera habitar tan cerca

Y como ellos pudiera

Tocar tus blancas mejillas

Y ser las manos expertas

Que tu saya colocaran

En tu cintura y prenderla.

Quiero ponerte el pañuelo

Que bellas lágrimas secan.

Quiero ser mayordomo

Para colocarte las velas

Para poder alumbrarte

Y que Sanlúcar te viera

La belleza que le entregas

En tus perfiles de pena.

Quiero seguir mirándote

Y prenderte por el talle.

Ser las manos que hicieron

Que te viera elegante

En los días de cultos

O en los altares errantes.

Quisiera haber nacido

Y ser manos celestiales

Que por siempre tocaran

A ésta Bendita Imagen.

Despedida y final:

Después de este torpe recorrido por mi corta historia unida a Gracia y Esperanza. Quiero despedirme de todos ustedes, y agradeciendo que me hayáis escuchado pacientemente, vuelvo al principio de estas palabras.

Seguramente no seré la persona que más merezca haber estado aquí esta tarde exaltando a María, y posiblemente, habrá en esta Hermandad, y entre estas paredes ahora mismo, personas que valgan más que yo el poder dedicarle sus palabras a Ella, a nuestra Gracia y Esperanza. Pero, aunque no sea el indicado, algo ha hecho que tuviese esta dicha, y como para todos ustedes, para mi, Ella es una gran parte de mi vida.

Con el paso de los años, vamos creciendo, evolucionando en nuestra manera de pensar. A veces nos comemos el mundo, otras nos conformamos con lo que nos toca… pasamos de tener nuestra pandilla de amigos, a tener novia, a casarnos, a tener hijos, maduramos y nuestras prioridades en la vida van cambiando. Las ideas, las utopías, los sueños pasan, pero…a casi todos los que estamos aquí, nos une un pensamiento que no podemos quitarnos de la cabeza.

Un día cualquiera, a una hora cualquiera, cualquiera de nosotros, si cerramos los ojos, somos capaces de ver con claridad, la mirada perdida en el infinito de sus ojos, la palidez de su semblante, las manos soportando un rosario y el pañuelo con el que secar las lágrimas que acarician sus mejillas… Ella, habita en nuestra memoria, en nuestro corazón, y seguirá embaucando y atrayendo a nuevos hermanos, que perdidos buscarán su amparo, como todos lo hemos buscado alguna vez. Y caerán en sus brazos, porque nunca ha existido tanta dulzura en unos ojos, ni tantas palabras sin decir en unos labios entreabiertos, ni tanta finura en unas manos, ni tanta pena que consolar en unas lágrimas. Porque todo esto eres Tú…

Eres la luz que ilumina

Estos pasos por la vida,

Eres el sol que calienta

Mis momentos de alegría.

Eres gozo que te entregas

En la honda melancolía

Eres pensamiento eterno

Y eres mi noche y mi día.

Son tus mejillas de nácar

Y tú mirada perdida

La que derrama en Sanlúcar

Tu belleza desmedida.

Eres sendero y camino

Eres mi luz y mi guía,

Eres un sueño, Señora,

Eres la rosa prendida,

Eres la llena de Gracia

Y Esperanza de mi vida

HE DICHO.

Antonio Romero González

miércoles, 10 de junio de 2009

Pregón de las Glorias de María 2009

Pregón de las Glorias de María 2009

Mujer, de entre las mujeres, bendita;
Amor, de entre los amores, sagrado;
Ramo de flores de gracia infinita;
Inmensidad de luz que a Cristo imita;
Alma del mundo que te fue empeñado.

Tú, que junto a Dios todopoderoso te hallas, asistiendo a su diestra como abogada nuestra, permíteme dirigirme a tu pueblo para exaltar tu bendita Gloria impresa en las más bellas advocaciones que el hombre haya podido regalarte, pero antes suplico de Ti una extraordinaria merced:


Déjame que haga un presente
a modo de póstuma ofrenda
dedicando este pregón
a quienes a Ti me acercan;
a aquellos que están contigo
y gozan de tu presencia.
Sé que muy cerca los tienes
por eso mi voz es queda
y si yo no lo lograra
quiero que Tú hagas la entrega.

Dile a papá y a mamá
que este canto a tu persona
de ellos es el fundamento
que en mi corazón rebosa.

Dile a papá y a mamá
que lo que siento a todas horas
Sanlúcar deja que cante:
ese amor que mi alma adorna
y a gala llevo en mi sangre.

Que su tránsito dio fruto:
una familia envidiable,
cohesionada hasta unas cotas
casi nunca imaginables.
Testigos del ser cristiano
hasta sus debilidades.

Dile a papá y a mamá
que su ejemplo sigue vivo,
transmitiendo amor fraterno
en cada gesto sencillo.

Diles que existen fallos,
más de los que quisimos,
pero los sobrellevamos
con consortes exquisitos.


Y ya para terminar
diles sólo una cosa más:

Que si el canto te agradó
siendo para Ti digno
haz que te lo repitan
ellos que están allí mismo.

¡Porque ya vuelan al cielo
mil primores de gloria
que harán hoy que su memoria
se haga presente en tu suelo.




Saludo.

- Señor Presidente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías, Don Santiago Soler Rabadán y demás componentes del mismo.
- Señores Hermanos Mayores y miembros de juntas de gobierno de las Hermandades de Gloria y Penitencia de nuestra Ciudad.
- Querido amigo y presentador, José Miguel Pérez Rguez.
- Señoras y Señores, entre los que encuentro tantos corazones amigos.
- Hermanos en el Señor y María.
Buenas Noches.



Sanlúcar, tierra mariana por excelencia.

María, la Bienaventurada, la Llena de Gracia, Fuente de hermosura, conjunto de todas las virtudes…Cuántas alabanzas somos capaces de brindarle a la Madre de Dios. Toda la cristiandad la venera de manera especialísima y en Sanlúcar no somos menos. La devoción que le profesamos en nuestra tierra es tanta que casi la adoramos. Y es que, como le ocurriera a S. Benito, María es para nosotros la idealización de la madre de este mundo: Nuestras mejores pensamientos y ofrecimientos son dedicados a Élla; nuestras mejores obras… A Élla, nuestros ruegos y anhelos. A Élla, todo nuestro ser bajo la forma de una pequeña oración... Es por eso por lo que me voy a tomar la libertad de comenzar con una de las poesías más bellas que se han podido escribir en nuestra ciudad a las advocaciones de las Glorias de María -obra de nuestro gran estimado y admirado Narciso Climent, tomada de su pregón de la SS de 1993- porque considero reflejan cuán grande es esta conexión entre Sanlúcar y la Madre de Cristo; y a mí, me servirán como punto de partida de mi andadura por este campo de letras:



Sanlúcar tiene una Madre,
de Dios Padre Epifanía,
con muchas perlas, sus nombres,
y eje de todos: ¡María!


En el Picacho, PILAR;
INMACULADA en la Villa;
y Madre de la ALGAIDA,
cercana en su lejanía.


SUDOR, el dulce prodigio
para curar las heridas.
junto a la Madre de Dios,
donde el orar fructifica.

Virgen santa de la PAZ
donde el amor prefería
enseñar al que no sabe
los senderos de la vida

BARRAMEDA entre pinares
y luces de fantasía;
Y MERCED de nuestras penas
a la entrada de la Villa

La Señora del BUEN VIAJE
para quienes a la mar citan;
la luz que nos lleva a Cristo,
mi PASTORA capuchina.

Buena Madre MILAGROSA,
amor de las hermanitas;
Y REGLA, guapa y morena,
junto a las monjas clarisas.

Ola blanca marinera
Nuestra Señora de GUÏA;
Dulce Madre de las Aguas
para mi pueblo en sequía.

La Señora de los Ángeles
donde Palmares se agitan;
Madre de los DESAMPARADOS
como dulcísimo espiga.

Santa Virgen de las CUEVAS
cuya paz Sanlúcar liba;
y Señora de BELËN,
Humilde y muy pequeñita.

Madre y Señora de GRACIA
con sonidos de campiña;
Y SEÑORA DE LA O,
cual un concierto de liras.

Virgen de la CANDELARIA,
del barrio de ayer sonrisa;
y en la Sanlúcar añeja
Virgen Santa de la ANTIGUA.

CARMEN de Dios en la Balsa,
CARMEN de la Capillita,
dulce CARMEN en Bonanza,
y CARMEN de Bajo Guía.

ROSARIO en Sto. Domingo,
de todo el pueblo la amiga,
ROSARIO la luz de Dios,
la Galeona florida.

Y ROCÍO de primores,
esa Paloma bendita,
que se deshace en amores
caminando hacia su ermita.

Y CARIDAD la patrona
de esta mi tierra divina,
que siempre se acerca a ELLA,
Dulce flor que no marchita.

¡CARIDAD de mis amores,
mi dulce Madre chiquita:
concede siempre a tu pueblo
lo mejor de tu alegría!




Por el dolor y el sufrimiento llega la Gloria.

La Gloria alcanzada por María y los santos se corresponde con una identificación total con el Reino de Dios, el Reino del Amor, el Reino de la entrega. La idea de este Reino es más simple de lo que creemos pues hasta el mismo Jesús lo expresa en el evangelio: Gracias Padre por esconder estas cosas a los sabios y eruditos y dárselas a conocer a la gente sencilla.
Se trata pues, de un dar sin medida, de darse al prójimo como nos gustaría se dieran a nosotros; de hacer para y por los demás lo que nos gustaría hicieran por nosotros; de esperar, como única recompensa, la de hacer la voluntad de Dios. Y para ello, como María, se comienza por la negación de uno mismo, por la erradicación de toda forma de egoísmo; el sacrificio del yo.
Estamos tan acostumbrados a escuchar lo mismo que parece todo tan fácil.... Y nada más lejos de la realidad. Habrán oído alguna vez eso de... “Primero la obligación y luego la devoción”, pero hemos de tener en cuenta que, para el cristiano, la obligación para con el prójimo y la devoción hacia la divinidad se funden en una cosa sola. ¿Cuántas veces hemos renunciado a nuestras devociones en favor de las obligaciones de este mundo las cuales pueden esperar? Pocas, ¿verdad?... Buscamos cualquier pretexto para ello, como también muchos buscan cualquier pretexto para eludir la voluntad de Dios, si ello significa sacrificio.
Pues bien, citas como: Quien ama su vida, la perderá, pero quien la pierda por mí, la salvará; Que cada uno tome su cruz y me siga...;
...Seréis capaces de beber el cáliz que yo he de beber... . Nos dejan claro cuál es el camino a seguir.
María supo interpretarlo correctamente, sin letra pequeña, sin objeciones. Ella pagó el precio más duro: ver morir al Hijo. Pero ganó algo mucho más grande: a Dios mismo.


Siete fueron los puñales
que atravesaron tu alma,
Siete Dolores, tales
con que perdiste la calma.

Son reflejo de estos males
tus rostros de dolorosa
y advocaciones, las cuales
hacen tu Angustia grandiosa.
Son, en Sanlúcar, rosas;
Reinas, que inspiran piedades.

Cuando, VICTORIA, pensabas
en una Entrada Triunfal,
tu sonrisa sin igual
por LÁGRIMAS se trocaba.

La AMARGURA madrugaba,
las PENAS enardecían
y la PAZ con que aguardabas
Sin quererlo se perdía.
Mirando al cielo buscabas
la ESTRELLA que te guiaría,
pero sólo te esperaba
el MAYOR DOLOR de tu vida.

Tu DULCE NOMBRE mentaba
quien en breve expiraría:
ese Niño al que AMOR dabas
y por quien te cambiarías.

Era el momento María
de tu ESPERANZA imponer
para que esas siete dagas
que Simeón presagiara
no te sumieran en hiel.

Derrochando iba tu cara
DOLORES y ANGUSTIAS mil,
vaticinio de que a Tí
la SOLEDAD te embargaba

Pero antes de esto ocurrir
te volviste a dar de nuevo
como hiciste aquella vez,
cuando te diera Gabriel
aquel saludo sereno.

Te volviste a dar de nuevo
ante tu Hijo moribundo
tomando, con Juan, al mundo
para llevarlo en tu seno.

Y te das todos los días
dando GRACIA por doquier
porque es tu mayor querer
llevar a la Gloria al hombre
a la que Dios puso nombre:
¡María de Nazaret!.




María, sufridora por el género humano

Son las 5 de la mañana y Juana, sale corriendo de su casa en busca de un médico. Su hija Flora se ha puesto malita de repente. Muy malita. Está ardiendo y con grandes dolores de cabeza. El camino desde el Arroyo hasta la calle del Torno se hace eterno y el pecho ya le arde a cusa de la carrera en la que ha empleado todo su esfuerzo.
Más que sus puños, son las lágrimas y sus gritos los que golpean la puerta de don Pedro, el médico.
Cuando el doctor asoma por la ventana con su candil y comprueba la cara de desesperación de Juana, lo comprende todo. Más de lo mismo. Ya ha perdido la cuenta de cuántos van. ¡Esto es terrible!, piensa, abatido por el cansancio acumulado de las últimas semanas y el desconsuelo que le produce pensar en que otro vecino va a ser presa implacable de esta maldita enfermedad.
Pedro no es muy religioso, pero sabe de sobra que va a hacer falta Dios y ayuda para que esta epidemia remita.
Mientras espera la bajada del Doctor, Juana, entre sus gemidos de desconsuelo, oye voces de mujeres cantando en los que ha encontrado, sin buscarlo, un motivo para que los alaridos que brotaban directamente de su alma se conviertan en suspiros que van a dar paso a un extraño sosiego.
Las monjas dominicas cumplen con el rezo de maitines con especial dedicación, pues están perfectamente al tanto de lo que está ocurriendo en la villa. Esta madrugada, sus voces se asemejan a los propios ángeles. Es necesario que el Altísimo escuche sus plegarias, por lo que es preciso verter sobre cada detalle todo el amor que sean capaces en cada labor, y ahora toca rezar cantando. Así se lo ha hecho saber la Priora al resto de las monjas.
Inexplicablemente, Juana, al apoyar el oído contra la puerta para oir mejor, ha cedido. Está abierta. Tras ella y en la oscuridad, algo capta su atención. Algo que resplandece bajo la pequeña llama de una lamparilla. “Nue..stra Se..ño..ra de lo..s A..fli..gi..dos” lee, torpemente en un improvisado cartel escrito a mano bajo el cuadro que representa la imagen de la Virgen María con una tierna expresión en su rostro.
A Juana sólo le viene a la cara una lágrima fruto del nudo en la garganta y el escalofrío de los que ha sido presa; y una frase para acompañarla: “si Tú pudieras....”.
Ha sido terminar esta frase y Juana se ha sentido invadida por una tranquilidad indescriptible, una paz interior que pareciera le transportara a ese sitio que tantas veces al cura oyó decir.
Ese segundo eterno ha sido roto por la presencia de don Pedro, que al encontrarla en el descansillo del convento, la apremia para volver hasta su casa y poder echarle así un vistazo a la hija (aunque crea que de poco va a servir).
Pero Juana ya no corre, anda tranquila. Es más, hay veces que se queda atrás, con la correspondiente llamada de atención de don Pedro, que la tiene que tomar de la mano para que adquiera su ritmo de paso.
De repente, se para. Juana tiene la necesidad de volver al convento. Tiene que hacer algo que nadie puede hacer por ella. Vuelve a correr otra vez, pero ahora, su fuego interior por el esfuerzo tiene otra lectura. Es una cascada de emociones, todas ellas embriagadas de agradecimiento.
Es verdad, aún no ha visto si su hija Flora.... pero lo sabe, no entiende por qué, pero lo sabe.
Al llegar a la puerta que ha abandonado ni cinco minutos atrás, su corazón le golpea la cabeza. Entra y ahora sí, llora con una sonrisa imparable. Llora y ríe mientras se arrodilla delante del cuadro de la Virgen, el cual, al contemplarlo, observa que le ocurre algo extraño: parece como si el rostro de María sudara...

Para Gloria de Dios y nuestro bien
deseaste que tu rostro expresara
el sufrir del pueblo, al que escucharas
angustiado por doquier.

Madre de los Afligidos amada,
trocaste tu nombre bendito un día
en el que el Sudor narró tu agonía
cual prenda de tu querer .

María, evocadora de recuerdos. Educadora en la fe.

Es la figura de la madre en quien depositamos nuestra confianza, nuestra seguridad, nuestro descanso. La Madre es aquella persona que sabemos va a estar ahí hagamos lo que hagamos… y Ella nos quiere, nos ama, nos cuida… a pesar de todo.
Quien es consciente del valor de tener una madre, se le llena la boca al llamarla o al hablar de ella, o quizá se le haga un nudo en la garganta al decirle cuánto la quiere. No duda en ponerla en uno de los primeros escalones de sus prioridades, porque comprende cuánto ha hecho por él.
Cuando miramos hacia atrás sólo encontramos recuerdos entrañables que nos unen a nuestra madre. Y cuando contemplamos a María en alguna de sus imágenes, esos regalos de la memoria se funden en un todo inseparable que enlazan su figura con la de la madre terrena.
Aún recuerdo aquellos cultos en honor de Ntra. Sra. De los Ángeles, Reina del Palmar de San Sebastián, a los que mi madre iba a cantar con el coro de Sto. Domingo (que dirigía D. Manuel de Diego Lora) donde esos “grandes éxitos” eclesiásticos inundaban el templo de controvertida acústica – que aún conserva-. “Pescador de Hombres”, “Hacia ti morada Santa”, “No podemos caminar”, “Pueblo de Reyes” y tantas otras que aún hoy podemos oír en voces venerables y otras no tan venerables….
Otro de los cuadros más emotivos que brota desde mi recuerdo es la tómbola del hospital de San Diego que organizaban aquellas personas tan comprometidas con la Medalla Milagrosa. Recuerdo subir el carril de S. Diego con mis padres a los cultos en aquél SEAT 600 (tan habitual en las familias españolas de aquel tiempo). Recuerdo cómo la magnífica presencia de María de la Medalla Milagrosa, en su retablo, abstraía mi sentido y me sumía en oración callada e inocente, la cual se transformaba en algazara con la posterior y citada tómbola.
Como cofrade, no puedo dejar de comentarles algo que permanece como un sello en mi corazón: las procesiones de estas dos benditas Imágenes en la calle. En su tiempo, ejercieron de escuela y refuerzo de ese regalo divino que es la fe, la cual unos fervorosos padres se encargaban de administrar con la esperanza de que, en su día, creciera cual grano de mostaza…
Noviembre y agosto se dan la mano;
el final y el principio de uno y otro
muestran lo común que los une en gozo:
un edén que se hace entonces cercano.

Un bullicio, como de ángeles coro,
resuenan en la loma sanluqueña
y al subir una cuesta barrialteña
puede observarse el paisaje sonoro.

Devotos fieles, que su amor empeñan
a quien es Reina y Madre al mismo tiempo,
-Ya sea en el Palmar o ahí, en San Diego-
Un mar de halagos te brindan y preñan.

¡María no sólo fue asumpta al cielo,
quedarse quiso en reliquias preciosas
a las que veneran un pueblo entero:
Llámese Ángeles o Milagrosa!

María, puntal de fe.

María, la mujer de fe. La creyente por excelencia. La que se fía de Dios. La Madre de los creyentes
Esto, que exaltado con mejores palabras podría llegarnos al alma, arrancándonos una lágrima de emoción, me hace reflexionar en la realidad de este asunto: ¡Cuánta fe hubo de tener María!. Imagínense: una adolescente en una sociedad donde la mujer casi no cuenta; un embarazo, así, por las buenas, estando prometida... Lo que hoy día no pasaría de un escándalo (sin contar las opiniones de amistades que le intentarían influir para que abortara...), a María le podría haber costado literalmente la vida. Pero no, ella se fió de Dios, tuvo fe en esa voz que decía que el Santo que iba a nacer sería llamado Hijo de Dios. Si eso no es fe, entonces no entiendo que es la fe.
Es esta virtud un bien espiritual tan preciado que hay que cuidarlo y cultivarlo. No podemos dejarla sin labrar a merced de la que podríamos llamar “una meteorología del alma”, es decir, someterla a ciertos acontecimientos arbitrarios que la consoliden o la hagan desvanecerse.
También habremos oído o leído más de una vez aquello de que la fe hay que vivirla en grupo, en ecclesía, en asamblea, pues la interacción con las personas supone el campo donde puede producir mayor fruto. Sí, vivir la fe en grupo es importante, pues es la manera en que se robustece y toma cuerpo; madura. Por ello, desde esta gran oportunidad que me brinda el atril, quiero animar a esos grupos de jóvenes que viven su fe, que la trabajan, que la hacen florecer como el grano de mostaza: los grupos jóvenes de las hermandades, el Movimiento Calasancio, el de Nazaret, los Montañeros de Sta. María, los grupos Maristas de amistad, mi amado Movimiento Scout, con la Virgen de Guadalupe al frente. Todos ellos ayudan a formar jóvenes comprometidos en la fe para con la sociedad que les ha tocado vivir. Y María, desde lo escondido, ayuda en el camino…

A Santo Domingo fuiste a hospedarte
y queda, la niñez me dirigiste
desde un rincón, el cual al mundo abriste
para al mundo decirle cuánto amaste.

Flor de invierno, cuya imagen plasmaste
en humilde tela en que apareciste,
regalaste la escena que absorbiste
y con ojos de rosa enamoraste.

Siempre a tus pies colgado encontrarás
el pañuelo que, perpetuo, te espera
en milagroso vínculo filial.

Gudalupe, hoy la joven promesa
de aquél que se perdiera en tu mirar
es la que te glorifica y te reza

Y si el Bautismo es el símbolo del primer germen de nuestra fe católica, el sacramento de la Confirmación, debe ser el revestimiento simbólico de su realidad madura; la hora de definirse como cristianos con todas sus consecuencias. Y qué mejor momento que llevarlo a cabo si es bajo las plantas de una de las imágenes de María.
Según la tradición, con la imposición de manos, el Espíritu Santo llena el corazón del fiel encendiendo en él el fuego de su amor. Mis compañeros de catequesis y yo lo invocamos, por boca de nuestro apreciadísimo D. Rafael Bellido (que en gloria está), un siete de octubre de 1991 a los pies de la Virgen del Rosario. Por eso, los que estuvimos allí podemos enorgullecernos de decir que nuestro puntal de fe es la Galeona.

Ya sea sobre tapiz o en la madera
a buen puerto, la luz de tu mirada,
en la duda -de hilo negro bordada-,
me guía, siendo Tú mi cabecera.

Un océano no es rival que pueda
sujetarte en un lugar enclaustrada
dándote así como alma enamorada
a quien te solicita le intercedas.

Rosario, hasta el mar atormentado
se contagia de tu quietud divina
al sentirte de lleno en su regazo.

Y un amanecer ciega mi retina,
alborada de fe de nueva vida
en la que tú, Galeona, gobiernas mi barco.
María, sabor de esperanza.

La fe sola, sin una compañera inseparable que la anime y le de fuerzas, termina por extraviarse, por perderse en alguna encrucijada de la vida. La Fe necesita de una compañera que le ayude a mantenerse firme ante la adversidad. Esa consorte de la Fe es la Esperanza. Ella es la que nos anima a no perder el norte, la que nos levanta de la caída, la que nos hace ver la luz entre la tiniebla; la optimista. La que nos hace ver con otros ojos cada mañana; la que nos invita a vernos reflejados en la mirada de un niño. La esperanza es la que nos hace mantener la ilusión en nuestra labor por dura que sea, pues es quien nos susurra al oído que todo va a salir bien, que no hay mal que por bien no venga.
Y mientras escribía estas líneas han irrumpido en mi memoria dos personajes que recibieron el don de regalarla, de hacerla extensiva en su entorno. Dos personas que empaparon de esperanza dos lugares cuya conexión con Sanlúcar alcanza cotas muy elevadas de fraternidad: Sevilla y La Rocina. Fray Isidoro de Sevilla y Gregorio Medina, respectivamente, difundieron el amor divino y la virtud de color verde para hacer comprender al pueblo que Dios estaba con él y que María abogaba por sus dificultades siendo una mujer del pueblo: alguien tan natural como el Rocío de la mañana o una Pastora de sublime inocencia; una buena Pastora.
En nuestra querida Sanlúcar ambas imágenes de María han dado buena prueba de esa esperanza cristiana que embarga a su gente: Rocío, con su carita de azúcar, es, a día de hoy, de las devociones más veneradas y mi Pastora capuchina y calasancia; calasancia y capuchina, la de sonrisa calmada, espera sentada, a que formemos parte de su redil.
Sois el pueblo, Señora,
ya sea de Reina
o de Pastora.
de primera, Rocío,
y de segundo
Redentora.
Porque sabed que sois Reina
del Rocío y la marisma,
del pinar y de la ermita,
de las almas que acuden
a vos sin cita.
Reina y Pastora
Pastora y Reina
Madre buena que atesora
La belleza que peina
hasta a la aurora.
Del bastón a la corona,
De la estrella a la sandalia
Sois dueña del amor,
Celosa guardia,
De aquellos que os suplican
con su plegaria.
Porque el pueblo sois; Señora
ya sea de Reina
o de Pastora
Y se rinde a vuestros pies
la claridad mañanera
y el ocaso chispeante
del sol, oro de esta tierra.
y se rinden los colores
que vuestro rostro ya besan,
esa cuna, suave boca,
para que allí se mezan.
Y hasta del río el agua
por la que cruzan
para llegar a veros
los que bien buscan.
Ahora os pide mi alma inquieta
la apacentéis de esperanza
como el verde alienta al suelo
cuando el desierto avanza
Por eso, Señora, os ruego,
Rocío de la mañana,
que me toméis por entero
con vuestras manos de nácar.
Como a un hijo del pueblo
del que sois gran Señora,
pues así siempre os declaran,
ya sea de Reina
o de Pastora.
De San Jorge a Capuchinos
pasando por el Carril,
vuestra cara de azúcar
y labios rubí
me paran a vuestras plantas
para poderos decir
decenas de esmeraldas,
requiebros mil,
que arranquen vuestra sonrisa,
cual flores bellas de abril,
al tiempo que mi rezo
vuelve a repetir:
¡¡Dios os salve Señora,
Madre que sois del pueblo,
ya sea de Reina
o de Pastora.!!



María ancla de esperanza

La Esperanza…. Lo último que se pierde, dice el refranero. Quizá porque es el único sentimiento, emoción (o como queramos denominarlo) que se aferra a nuestros anhelos: La enfermedad que se espera remita; el regreso del hijo que ha salido por la noche o de viaje o el del barco donde va nuestro ser querido….A propósito de esto último, es curiosísimo la conexión existente entre la virtud de la Esperanza y el mar. El ancla y el color esmeralda se identifican como una sola cosa; no en vano, cualquier representación de esta virtud, si va precedida de algún objeto, siempre es éste: el ancla. Así lo pasea nuestra querida imagen de Mª Stma de la Esperanza, Niña guapa y Reina del Barrio Marinero.
Pero existe una nubecilla que en sus blancas manos ha tomado ese ancla y, a la postre, se ha convertido en Estrella de los Mares, esa que siguen los marineros cuando todo artilugio del hombre pierde su capacidad para anclar la esperanza de una feliz vuelta a casa.
El Primer Libro de los Reyes menciona esa nubecilla que divisara el profeta Elías y que unos ermitaños del S.XIII interpretarían como un símbolo de la Inmaculada Virgen María. Estos, cuando tuvieron que abandonar su hogar, recibieron de Nuestra Señora la señal de que Ella sería su Estrella del mar como, hasta entonces, lo había sido su Monte: El Carmelo.
Y si el Monte Carmelo se levanta cual Estrella sobre el mar, nuestra Sanlúcar es lucero en cuyo corazón un escapulario brilla. El de la Virgen del Carmen, que guarda todos los rincones de la ciudad, desde Bonanza hasta el centro, desde Bajo de Guía hasta el Mazacote, añejo barrio de la Balsa.
Por tanto, con toda la razón del mundo, podemos decir que respiramos Carmen por los cuatro costados.


Cuatro remaches adornan
el ancla de mi esperanza:
Carmen de la Capillita
Carmen en San Juan, descalza;
Carmen de Bajo de Guía
y Carmen Santa en Bonanza

En cuatro zancos se asienta
el paso de mi confianza:
Carmen que besa el río,
Carmen que al sol alcanza,
Carmen, flor del Pradillo
y Carmen, paz de añoranza.

Para remanso del alma
cuatro refugios me esperan
Carmen, barco de plata
Carmen, redes faeneras
Carmen, Reina abogada
y Carmen rezo de cera.

Y en mi interior, cinco llamas,
cinco, que apagan mis penas:
Carmen, luz que encadena
Carmen, claridad salada.
Carmen, destello del alba
Carmen, fulgor azucena
¡y Carmen, mi madre buena
que celebra tu victoria
y que mora ya en la Gloria
contigo, Carmen eterna

María, la perla de la Caridad

Antes de que la última palabra de este pregón vaya en busca del dulce aire con el que se baña el aroma de las flores propias de este tiempo, este torpe orador tiene que poner en práctica, de todo corazón, un ejercicio de bien nacido: SER AGRADECIDO. Por ello: GRACIAS.

Gracias al Consejo de HH y CC, que ha tenido la gran osadía de confiar en mí para esta gran responsabilidad.
Por un momento pensé que se habían arrepentido de mi designación, dado los excesivos aplazamientos que ha sufrido este evento. Ya me decía para mis adentros: “Pues no que verás si estarán pensando esta gente….. a ver si así dimite….” Gracias a Dios me han dejado, no sin tener aún el corazón en un puño, seguir los pasos de tan buenos oradores que ha ocupado este atril.
Espero que esta proclamación de pensamientos y sentimientos haya sido lo suficientemente digna de ser escuchada y, si fuera posible, apreciada.
Gracias a Juanjo Marmolejo, por su apuesta por lo desconocido

Gracias a la banda de música Maestro Dueñas y en especial a su director, Javier Alonso, el cual realiza un trabajo doble: dar dignidad a este acto con la mayor de las artes y poner mis palabras en el sitio que corresponde: por debajo de ella, de la música. Gracias, Javi, por los detalles impagables que has tenido para conmigo durante las enigmáticas jornadas que han precedido a este evento.
.
Gracias a la Hermandad de El Huerto por acoger en su Casa de Oración a un hombre que también clama al Padre en sus momentos de angustia

Gracias a mis Hermanos del movimiento Scout, por el regalo que supone tener vuestro corazón junto al mío hecho bandera.
Una Bandera, cuya flor nos indica el norte de nuestro destino:
“Dejar este mundo en mejores condiciones de lo que nos lo hemos encontrado”.

Gracias a mi presentador y siempre amigo y hermano, Josemi. Que otra vez ha estado ahí como un bastión, un baluarte que ayuda a capear los vientos y vicisitudes de la vida, al tiempo que sirve de refugio al que llama a su puerta. En estos momentos, el mayor sentimiento que me embarga hacia él es el de gratitud, y no sólo por hacer la presentación de mi persona.

Gracias a quien, sin su apoyo, estar aquí no habría sido posible: mi esposa Rocío, regalo de la providencia en mi peregrinación por esta vida, que salta la reja de mis desdichas para infundirme el ánimo necesario con el que seguir adelante.

Gracias a aquellos que, desde el pasado hasta el presente, me han hecho ser quien soy infundiéndome el amor y respeto a toda la Creación Divina: comenzando por mis padres, siguiendo por mis familiares –que muy probablemente me observan con gran emoción-, y terminando por mis amigos, no tan amigos y conocidos, los cuales siempre me aportan más de lo que ellos creen.

Y a todos los presentes, gracias por querer compartir un rato de vuestro tiempo junto a este sanluqueño que, lleno de ilusión ante esta experiencia pregonera, ha ocupado un atril del cual no es digno; pero que, merced a vuestra caridad fraterna, espera lo logre algún día.


LA CARIDAD

Como no hay dos sin tres; como un trípode no puede estar falto de un apoyo; así las dos virtudes anteriores sobre las que he basado estas reflexiones en torno a la figura de María, no puede estar falta de la que, según S. Pablo, es la más valiosa: la Caridad, el amor.

El amor. No hay mayor amor que el dar la vida por los amigos.
Esta frase que Cristo corrobora con otra: “Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”; la deja sellada en el sacramento del amor y de la entrega: la Eucaristía. En ella Cristo se nos da para que lo sintamos y llevemos en nuestro interior; para que sea parte de nosotros, para que podamos dar en la práctica lo que Él nos aporta con su realidad simbólica.
“Quien no come mi carne y bebe mi sangre no tiene vida en él”, dice el Señor.

Cristo es quien me invita a vivir a su manera y yo lo acepto, lo tomo, quiero seguirle; creo que merece la pena. Es cierto que con mis limitaciones, mis defectos, mis debilidades... Pero si de algo estoy seguro es que la Eucaristía es un pilar de sustento para poder seguirlo.

Hay personas que se dicen católicos y no practican este sacramento. Quizá porque creen no hacerles falta. Quizá porque se niegan. No soy nadie para juzgarlos, y menos aún si demuestran cada día ser mejores personas que este que les habla. Pero...ahora que lo pienso... siento lástima por ellos, pues si yo, que me considero indigno, soy consciente del valor de la Eucaristía y me hace seguir de mejor modo a Cristo, cuán ejemplo mejor podrían dar a sus prójimos si la estimaran aquellos que tienen un corazón puro, pero no la practican por las causas que sean…

En breve podremos ver tras Jesús Sacramentado a esos niños y niñas que, vestidos de pureza, siguen a quien les ha reportado uno de los días más felices de su corta vida y los adultos tenemos la enorme responsabilidad de hacerles comprender que el día de la primera comunión no se queda en el pasado; que hay que vivirla cada domingo y que cada día hay que vivirlo como el domingo: con gozo, llenos de fe y de esperanza porque Dios mismo se abaja a un trozo de pan y se entrega para formar parte de nosotros.

Ojalá, cada vez que tomemos su Cuerpo podamos sentir ese escalofrío de amor que inflama el alma hasta llegar a pensar que no cabe dentro de uno mismo y decir lo que aquél niño dijo a su madre el día de su primera comunión: “Mamá, hoy he tomado al Señor. Hoy es el día más feliz de mi vida”.

Un tesoro para el alma en tu centro
portas y das a quien con fe presencia
el transcurrir de la divina esencia:
de la humanidad con Dios el reencuentro.

Al observarte, Custodia, me adentro
en la quebradiza magnificencia
que regala por doquier indulgencia
y se aloja en lo hondo de mí, muy dentro.

Hostia Santa, blanco manjar de unión
donde Cristo por amor se ha alojado,
mi alma has alimentado.

Cantemos hoy todos en comunión:
¡Sea por siempre bendito y alabado
Jesús Sacramentado!


Como decía anteriormente, según S. Pablo, en su carta a los Corintios (que tanto escuchamos en las bodas….), la virtud más importante y de la que podría “presumir” gozosa María es la Caridad. Ella, negándose a sí misma, se resignó –como hiciera Abraham- a la pérdida de su Hijo. En favor de la Humanidad, María lo entrega todo: a ella y a lo que más ama. No existe Caridad mayor. Por eso, Caridad, la Fe y la Esperanza se cierran en Ti.
La Caridad; la que nos acerca a Dios. El resumen de todas las virtudes.
Decir Caridad es decir María. Decir Caridad es decir obras, como Santiago Apóstol reclamaba. Decir Caridad es decir milagro. Y decir milagro es vivir cada día. Decir Caridad es nublarse la vista, es el nudo en la garganta; es el anhelo del cristiano; es la humildad hecha servicio; es el querer a pesar de todo. Es el desorden en mis palabras por la emoción y el respeto. Decir Caridad es ir más allá de una imagen pequeñita; es refugiarse en su nombre, es ser valiente ante los defectos. Decir Caridad es la lágrima y la Angustia hechas canela que endulzan. Decir Caridad es no dejarse nada en el tintero y es dejarse todo en él al no abarcarla….
La Caridad es un manto rojo bordado en oro con el que mi madrina me enseñó a envolverme el pensamiento y el alma…


¿Qué decirte, Caridad, que no sepas?
si lo sabes todo de mí, de mi alma;
de mis parcas virtudes y defectos
de todas mis angustias y mi calma

¿Qué decirte, Caridad, que no sepas?
si me encuentro contigo en la mañana
y en el fin de la tarde tu recuerdo
inflama mi ilusión de color grana.



Ya lo sabes, Caridad
pero el mundo ha de enterarse
que a este humilde pregonero
el corazón rebosaste

de ese aceite duradero
con el que sana al instante
alma y cuerpo moribundo
que a Ti acude suplicante.

Fue tu nombre y tu bondad
las que lograron que un día
no temiera ni un instante
la alarmante enfermedad.
Aquella que consumía
en Angustia sin igual
a una hermana postrada
en un lecho de hospital.

Y a sus pies dos más velaban
sufriendo con humildad,
cómo se iba su hermana
sin poderlo remediar.

Pero tu oleo nutrió
la luz de una fe vulgar,
confortando en mi con él
la fuerza de tu piedad.

Y comprendí en tu Novena
que tu mirar maternal
me inundaba el pensamiento
de milagrosa verdad:

El prodigio de tu perla
que bien llaman Caridad
se consumó sin llamar
ni pararse ante su puerta.

Tres corazones en uno
rompían en rosaleda
cuando aquel mísero mal
suplido fue por grandeza.

Por una grandeza tal,
que no te bastó sanarla
pues contabas que al final
vital fuera en toda casa,
siendo ese clavo de enlace
que une y jamás separa.

Cuánta Caridad derrochas
Caridad
un manto rojo de gracias
te vengo esta tarde a dar.

Y aunque tú ya eso lo sepas
voy a volverlo a cantar:
Gracias Señora mía
Gracias por tu bondad,
gracias por los milagros
que cada día nos das.
Gracias por la familia,
-y no sólo la carnal-
de la que siempre eres piedra,
siempre la piedra angular.
Así te llamemos Victoria,
Esperanza, Gracia, Paz;
Mayor Dolor de Dolores,
Dulce Nombre de sal;
Estrella, Lágrimas, Penas,
Amargura o Soledad,
o Amor de nuestros Amores:
Angustias de blanca faz.


¿Qué decirte, Caridad, que no sepas?
si de mí lo sabes todo, de mi alma;
de mis parcas virtudes y defectos
de todos mis pesares y mi calma

Si te llevo desde siempre en mi pecho,
imagen bendita que me donara
aquella que cada quince de agosto
me toma la mano bajo tus plantas.

¿Qué decirte, Caridad, que no sepas?
si me encuentro contigo en tu ventana
de luz, claridades y amaneceres
y en cada ocaso de roja estampa.

¿Qué decirte mi Caridad amada?
¿Que te sueña el cielo sanluqueño
Y el Guadalquivir se imagina azul
al reflejarse en tu rostro sereno?

¿Que la bodega anhela manos santas
Porque quisiera al Niño sostenerlo
y recrearse en quien le dio sentido
a su pura existencia y su silencio?

El campo galán de viña albariza
entona versos de amores blancos
en los que dice que te ama tanto
que el respirarte en agosto lo hechiza.

Y la playa, del cielo y Doñana puerta,
te regala un perfecto y verde abrigo
de pino y romero, que ha sido y es
de la gloria de este pueblo testigo.

Madre, de corazón y de alma digo:
si un trozo de Gloria Sanlúcar es
y sus glorias son de ella tu querer
¡llévanos siempre en tus Glorias contigo!



He dicho
Sanlúcar de Barrameda, 13 de mayo de 2009
Festividad de Ntra. Sra. de Fátima

domingo, 22 de marzo de 2009

XXVI PREGON DEL COSTALERO. A cargo de D. Antonio Romero González

Evocación:

En sus ojos brillantes, se delataba el nerviosismo que lo recorría. Estaba viendo ante sí, aquello con lo que tanto había soñado. Entonces, sonó en la inmensidad de la Iglesia, lo que en otro lugar sería un estridente ruido. Tres golpes de metal sobre metal.

Su rostro esbozaba una sonrisa entre melancólica y ansiosa. Era, como si todos los sentimientos e ilusiones que acumulaba en la mochila de sus recuerdos, se les cayese en un instante. Acarició por última vez entre sus dedos la arpillera del costal, para después, sumergirse, sin lugar a la desidia, en esa atmósfera de la que sabía que nunca más podría salir.

Era, como si en un segundo toda su vida hubiese aprendido a sentir como ellos, pero solo era una utopía producida por la indolencia de la juventud. A veces, recordaba lo difícil que había sido, y de los que se quedaron en el camino de la ilusión. De pronto, dos llamadas y una voz, y de vuelta al torbellino de emociones encontradas, que latían en lo más profundo de su corazón.

Un toque furtivo de llamador, y el inquietante deseo de poder sentir la trabajadera sobre su costal, era ya una realidad. Todo lo que había querido, lo que le prometieron desde su niñez, lo que siempre había visto desde el frío de las aceras en las noches de invierno, era ya una realidad. Ese niño que veía todos los ensayos, que disfrutaba solo con ver a esos hombres fajarse y dar chicotás de ensueño, era ya uno de ellos. El tiempo, había pasado inexorablemente, y le había regalado ese don.

El tiempo pasa veloz

Engullendo sentimientos

Haciendo del que era niño

Se convierta en costalero.

Sueños de alpargatas blancas

Que superan abatimientos.

Fajas negras que parecen

Que detuvieran el tiempo

Como si nunca soplase

En la primavera el viento.

Anda el paso despacito

Mécela en el firmamento

Que tú siempre quisiste

Ser de Ella sus pies terrenos

Ahora que ya lo eres

Y brota el azahar nuevo

Quisieras que no acabasen

Las chicotás de tus sueños.

Y sigue a tu corazón

No guardes un esfuerzo

Y entrega cada segundo

En el trabajo sincero.

El tiempo pasó veloz

Y engulló los sentimientos

Haciendo del que era un niño

Sea ya tu costalero.

Costaleros:

El refranero popular es sabio, y uno de esos refranes dice “es de bien nacido el ser agradecido”. Pues, haciendo caso a las viejas y tradicionales enseñanzas, me gustaría comenzar, esta mi humilde exposición de vivencias, agradeciendo a toda la Hermandad Sacramental de Estudiantes, y en su nombre, a la Junta de Gobierno, por el trato que he recibido desde el mismo momento de mi designación como pregonero. Aunque la verdad, cuando hay gente buena y con la que nos une mucho más que una sincera amistad, es lógico que las sensaciones que hemos podido sentir y vivir en este periodo sean tan agradables. Asimismo, quisiera agradecer de manera particular a mi amigo Juan, que me prometió que me cuidaría durante todo este tiempo y me haría pasar una buena Cuaresma, y así lo ha cumplido.

También me gustaría regalarle unas palabras al que hoy ha sido mi presentador. No puedo hablar de las palabras que me ha dedicado, pues hasta el día de hoy no las he conocido. Aún así, no me iba a basar en estas palabras, porque Manolo no puede valorarse solo estas palabras. Como ya he comentado muchas veces, cuando vamos cumpliendo años, tenemos la suerte de poder ir eligiendo a los amigos, porque ya no tenemos la necesidad de jugar, de no aburrirnos. Buscamos más valores, y los valores que posees, son los que tienen las buenas personas, de los que van rectos por la vida, y a los que nunca se les podrá recriminar un punto. Me alegro mucho de tenerte como amigo y hoy como presentador en un día tan importante como este.

Cuando estamos a escasas semanas de volver a ver la primera cruz de guía en las calles sanluqueñas. Me toca este año, en esta casa amiga de la Hermandad de Estudiantes, hablaros a todos los que estáis aquí de algo que sabéis y conocéis mejor que yo.

Hablar del mundo de los hermanos costaleros, en ésta época es algo, cuanto menos confuso. Una época en la que se han acuñado nuevos términos como “costaleros hermanos” en vez de Hermanos costalero, y en los que hemos estado, o todavía estamos, a punto de echar por tierra todo lo conseguido en muchos años de esfuerzos de viejos costaleros, del trabajo realizado con toda la ilusión del mundo, por jóvenes y no tan jóvenes que querían portar sus Imágenes y que robaban las pocas horas que podían al reloj para ensayar, incluso dos veces por semana desde el mes de septiembre u octubre.

Hoy en día, los costaleros tenemos un protagonismo excesivo cuando la cofradía sale a la calle, y un peso desmesurado en las Hermandades. Este peso en muchas ocasiones no lo hemos buscado nosotros. Nos han utilizado las diferentes juntas de gobierno para sus intereses, y una vez que movilizas a todo un colectivo es muy difícil dejar de pagar las consecuencias que de ello se deriva.

No podemos caer en la idolatría que algunos han profesado al costalero. No debemos caer en perderles el respeto a viejos costaleros que todavía están en las trabajaderas y antiguos capataces, que fueron las semillas que se depositaron en la Sanlúcar cofrade, para que hoy nosotros podamos disfrutar del trabajo debajo de nuestros Titulares. Antiguos capataces que como Velázquez o Nage, ya no están con nosotros, y fueron junto con otros, los precursores de las cuadrillas de hermanos. Sin ellos, sin los que ya no están se ha perdido algo en las noches de ensayos, y en los momentos de tertulia. Pero nos dejaron una muestra que no podemos olvidar. El amor y cariño a lo que se hace, el buen trabajar no puede ni debe estar reñido con la devoción hacía nuestros Titulares. Hoy, más que nunca, quisiera agradecerles a todas esas personas que pelearon por conseguir lo que tanto anhelaron con todo su esfuerzo y dedicación, sin ellos hoy, no existiría el Hermano Costalero porque dejaban todo cuando…

En la pronta primavera

Acompasando el tiempo

Cuando en la noche oscura

Brillaban nuevos luceros

Llenos de su luz y vida

Nos muestran el firmamento

Jugando con las nubes

Y los costaleros nuevos

Que llegaron despacito

A lo que hoy tenemos.

Casi sin hacer ruido

Esos viejos costaleros

Ensayaban por las calles

Entregándose al esfuerzo

Sin regalar un alarde

Iban todos en silencio.

No perdamos el respeto

A ese viejo costalero

De añejas trabajadoras

Llenas de sufrimientos

De las noches entregadas

Del compañero sincero,

De cuadrillas que miraban

Solamente hacia el cielo.

Démosles las gracias

Reconozcamos el esfuerzo

Que ellos serán por siempre

Los primeros costaleros.

Ritos:

El costalero es una persona de ritos. Todo tiene un sentido en éste su universo. Un universo lleno de circunstancias. En nuestras habitaciones, suele haber un huequecito en el armario, donde se guarda como si de un tesoro se tratase, todo nuestro mundo. Ese en el que existen costales, fajas, recuerdos, compañeros...Ese rinconcito es, como nuestro particular santuario. Todo en nuestras vidas puede cambiarse sin ningún motivo, excepto donde se cobijan nuestros sueños.

En ese lugar comienzan todos nuestros ritos y tradiciones. Ahí, nacen los nervios cuando preparas la ropa para salir al ensayo. Un halo de misticismo rodea nuestros actos. No sabemos por qué tenemos que hacerlos, pero los hacemos, no sabemos por qué sentimos lo que sentimos, pero así lo vivimos.

Cuando por fin llega el día de la salida, ese ritual puede convertirse en una obsesión. Llegar a casa de la misa de Hermandad y colocar siempre en la cama de la habitación tu pantalón, y a su lado, esa camiseta desgastada por el paso incontenible de los años, de la que tu mujer o tu madre han queriendo deshacerse y que siempre rescatas a última hora. El aroma que ha dejado el almíbar entremezclado con el incienso quemado impregna tu costal y una faja ya despintada por el uso, está preparada para rodear tu cintura. Las zapatillas con las que acariciar el suelo, ya están dispuestas. Siempre igual, cada año la misma costumbre.

Se acerca la hora, y una llamada de teléfono marca el momento de la salida hacia el templo. Siempre el mismo camino, siempre las mismas calles, intentando recordar aquella lejana primavera, en la que iniciabas tembloroso el camino hacia la Casa-Hermandad. Estos pensamientos nos hacen olvidar lo que vamos a vivir en unos momentos. Nos invitan a pensar en otras cosas, y así combatir el nerviosismo que se acumula en nuestro interior. Parece que intentamos que las mariposas que sentimos en el estómago pasen rápido. Esas mariposas que sabes que el día que desaparezcan te indicarán que ya tu momento en las trabajaderas ha pasado.

Aún guardo mi costal

En el rincón de los sueños

Perdido en un huequecito

Que es la puerta del cielo.

Cuando llega cuaresma

Quiero darle el encuentro

A frías noches de ensayo

En albores de febrero,

Con viejas fajas negras

De costales prisioneros

Y camisas desgastadas

Por el paso de los tiempos

Que sigue siendo veloz

Sin respetar sentimientos.

Un rincón que me guarda

Los conseguidos sueños

Donde empieza la magia

Donde el sentido pierdo

Donde vuelvo a sentirme

Entre chicotás de versos

Que aunque pasen los años

Sigo siendo costalero

Cuesta de Belén:

Igual que los ritos nombrados anteriormente, existe una tradición en Sanlúcar que se ha ido convirtiendo en leyenda. Desde hace más de un cuarto de siglo, cada Domingo de Ramos, se vive un momento único e irrepetible en nuestra Semana Santa. Desde hace más de un cuarto de siglo, las viejas piedras de la Cuesta que acogía la antigua ermita de Belén, son testigos de ver como los que eran niños de blancas túnicas y cíngulos rojos se hacen hombres bajo las trabajaderas. Con cincho, molía o costal, la cuadrilla de la Hermandad de la calle Jerez, hace alarde de maestría y buen trabajar.

Desde hace más de un cuarto de siglo, la gente se agolpa en la calle bretones, justo donde arrían los pasos. Nadie quiere perderse ni uno solo de los momentos que se van a vivir en esta esperada noche. Se produce un relevo, y ya, solo queda dejar paso a los protagonistas. Protagonistas que cada año vencen al cansancio y las duras pendientes. Pendientes que no siempre vienen de las calles, y que costaleros y gente de Hermandad saben vencer sin hacer aspavientos, simplemente trabajando por derecho, como trabajan los buenos costaleros.

Un toque de llamador y la levantá hace que ya nada tenga otro sentido que el paso lento de los minutos, el rachear de las zapatillas, el crujir de la trabajadera o el vaivén de las bambalinas con los varales del paso de la Virgen Victoria. Primeros toques, suena la marcha, y lentamente, como acariciando el empedrado, andan de frente los inquietos costaleros. Chicotá tras chicotá llegan a las covachas, y suena otra marcha y alcanzamos así la gloria costalera. La gente se arremolina y quisiera ser uno de ellos, pero ese privilegio es solo de unos cuantos. Poco a poco, siempre de frente, y en la Merced se llama la izquierda´lante y derecha´tras, mientras sigue sonando la música, un poquito más, que no se acabe nunca las últimas rampas que llevan al cielo, al cielo costalero que baña cada Domingo de Ramos el barrio alto Sanluqueño.

Pasar he visto dos pasos,

Como nunca antes viera,

Que desatan las lágrimas

Al pasar por tu vera.

Despacito van subiendo,

Con arte y fe costalera,

Por la empedrada calle

Que a la Gloria los lleva.

Me muero de los celos

De los que niños fueran

Porque ellos os suben

Por la empinada cuesta.

Envidio sus zapatillas,

Que pisan amargas piedras.

Quisiera poder vivirlo

Y así quitarle la pena,

A La que llena de luces,

Perfil de la Macarena.

Cada Domingo de Ramos,

Corta se hace la cuesta,

Cuando vuestros corazones

Van caminito de vuelta

Para llegar hasta el cielo

Y a la gloria costalera.

Un pueblo, una cuadrilla:

Tiene Sanlúcar una cuadrilla singular. De esas que me gustan por su composición heterogénea. No son costaleros como estamos acostumbrados a ver. No llevan faja, costal, molía, ni alpargatas de esparto. No hacen ensayos, ni quedan en una casa de hermandad o bar el día de la salida. No portan un paso, ni sobre sus hombros descansa una trabajadera.

Es una cuadrilla del pueblo, que año tras año se renueva. Solo tienen en común con otras, que sobre uno de sus hombros, llevan crucificado al Hijo de Dios. Para cogerse el paso, solo les basta seguir el redoble del tambor que late en sus corazones. Cada Miércoles de Ceniza una igualá casi improvisada hace que toda Sanlúcar se vuelva costalera, y que el Cristo de los Milagros salga a la calle, para redimir todos nuestros pecados.

Después de muchos años en la distancia, y oyendo alguna que otra estación en la lejanía. Este año, he vuelto a vivir un Miércoles de Ceniza en Sanlúcar. Muchos recuerdos me vinieron a la mente cuando entré al compás de Santo Domingo. Repaso de frías noches de invierno, de todo un pueblo volcado; de representaciones de todas las Hermandades, cuando todavía éste era el Vía-Crucis oficial. Noches, en las que aún no podía acercar mi hombro a la parihuela, y en la que veía como hombres y mujeres paseaban con cuidado la Imagen del Señor. Este año, he tenido la suerte de por fin llevarlo sobre mis hombros, y cumplir el deseo de ser una de esas personas que recordaba de mi niñez.

Santo Domingo se viste

Con un costal de ceniza

Para mostrar los Milagros

De un Cristo que agoniza

Entre viejas rocas blancas

Que recuerdan la caliza

De un Calvario Judío

Que en Sanlúcar se eterniza.

Por viejas calles y plazas

Tus hijos acarician

El resplandor de los cirios

Y en el aire de la brisa

Las llagas de Tu cuerpo

Que nos van dejando inscritas

Sufrimiento entregado

Y una Pena que dormita.

Sanlúcar porta un cuerpo

Que de pecados nos libra

Porque el bendito madero

Que al Hijo de Dios crucifica

Es llevado por un pueblo.

Cada Miércoles de Ceniza

Almas de la Trinidad:

De entre mis recuerdos, siempre se repite uno en mi cabeza de manera recurrente. Al igual que el recuerdo del Vía-Crucis de los Milagros. Una imagen clara y nítida de una oscura y fresca noche de primavera. Una noche de miércoles Santo. Ya hacía algún tiempo que había pasado noblemente la Hermandad de Estudiantes por la angosta y cofrade calle Luís de Eguílaz, y por el pequeño resquicio que quedaba debajo de mi casapuerta, se veían las primeras luces de los cirios de los nazarenos de la Hermandad de los Dolores.

No sé por qué esperaba con tanta codicia que llegase esa hora. Esperaba que ocurriese algo, veía pasar a todos y cada uno de esos nazarenos con sus túnicas y capas blancas con la inconsciencia de la niñez. En esos momentos asomaba la silueta de la parihuela del misterio, y el paso arriaba a la altura de la calle Escuelas para que más tarde lo hiciera el paso de palio. Todos los años igual, siempre la misma práctica. En ese momento, como si saliesen de un misterioso pasadizo, aparecían de debajo de los faldones, los hombres que hacían que mágicamente ese paso flotase por entre las callejuelas. Ese era el momento que tanto esperaba. Salían los costaleros del paso a refrescarse, y lo hacían en el pequeño grifo de cobre que teníamos en el patio de mi casa.

Los miraba, los estudiaba y me preguntaba, ¿que hacían para convertirse en esos hombres con tanta fuerza? ¿Que sería ese extraño artilugio que se colocaban en los hombros a forma de yugo? ¿De qué material estaría hecho? Analizaba sus zapatillas blancas o negras, sus fajas, y ansiaba ser algún día como ellos.

Eran los primeros años de las cuadrillas de hermanos costaleros. Eran años en los que se trabajaba con el alma. Almas que fueron germinando en la Sanlúcar cofrade el gusanillo de la costalería. Almas que madrugaban por la mañana para ir a trabajar a la plaza y así llevar el sustento a sus casas, y por las noches le robaban tiempo al tiempo para ensayar y así pasear a sus Titulares en la noche del Miércoles Santo. Almas jóvenes que callaron las bocas de los que decían que esos chavales no podrían hacer un camino tan duro. ¡Cuánta envidia en esas palabras!, también se trabaja con el corazón, y uno de esos ejemplos son vuestras cuadrillas. Almas privilegiadas que pasean cada miércoles santo las Misericordias para sus Dolores.

Almas que en la Trinidad

Quisieron ser costaleros

Sin pensar en agoreros

Que hablaban de debilidad.

Solo tenían la ansiedad

De juventud indolente

Sobre razón vehemente

Para ponerse el costal

Para un corazón igual

Y un amor inconsciente.

Almas que en la primavera

Pasean entre luceros

La más bella de las rosas

Que ilumina el firmamento.

Quieren tenerte Señora

Brillando en sus ojos vivos,

Mientras que en el paso va

Cayendo, su sudor bendito.

Costaleros de corazón

De los que siempre han sido

Lágrimas de bellos ojos

En el llanto contenido.

Se les llenan de puñales

Sus corazones heridos

Y repican bambalinas

Entre azucenas y lirios.

Y seguirán trabajando

Más allá del delirio

Cercanos a las estrellas,

Entregándote suspiros

Para pedirte que vuelvan

Sus viejas almas de niños

Y demostrar que siguen siendo

Una luz en el abismo

Que aliviarán paseándote

Tu corazón dolorido.

Momentos para el recuerdo:

Esos momentos que acabamos de describir de la cuadrilla de la Hermandad de los Dolores, eran instantes que se vivían en los comienzos de los hermanos costaleros. Años en los que las cuadrillas salían con el paso completo y se recogían como buenamente se podía. Siempre de manera digna, sin relevos, hombres curtidos en muchos casos, y en otros, jóvenes que le ponían todo su empreño y esfuerzo.

Durante todos estos años, se han ido forjando cuadrillas, se han ido viviendo instantes que se han convertido con el paso de los tiempos en imborrables e irremediablemente, han quedado para el recuerdo año tras año. Algunos de ellos, fueron puntuales, otros se convirtieron en tradición, pero todos tienen en común, que han sido protagonizados por gente que trabajaba de verdad, con el corazón.

Uno de los que más ha trascendido no pude vivirlo, y si soy sincero, tampoco quisiera haberlo vivido, ver como abandonaron a mi Virgen de Gracia y Esperanza, y una cuadrilla improvisada hizo el milagro de subirla hasta la cava del castillo y recogerla, no hubiese podido soportarlo. Gente de la Hermandad, otros que estaban en las aceras viendo el discurrir del paso, gente de otras cuadrillas de costaleros que ya iban a hacer la estación de penitencia cargando a sus Titulares...todo esto contribuyó a que se forjara la leyenda de aquella noche de primavera.

Momentos que dejan marcada la memoria del que todavía era un niño, como el escuchar la respiración de los costaleros del Señor de la Humildad y Paciencia, en la calle Misericordias cuando volvían a la Basílica de la Caridad. O esperar en la calle Santa Ana que llegase una nube de incienso envolviendo el paso de la Virgen de las Angustias y poder casi tocar el esfuerzo que salía de entre los respiraderos. O Vera-Cruz en esa dificultosa salida, o en su paso por el arco de Rota…Momentos en los que las cuadrillas van entregadas hasta el final.

Quien no recuerda esas cuadrillas de la Hermandad de la Esperanza por el barrio de recogía, o los vistosos andares de la Virgen de la Estrella. Cuadrillas forjadas a fuego, y que han ido dando lo mejor de sus vidas en las trabajaderas. De ellos hay que aprender su entrega. Posiblemente en esos años la técnica no estaba tan depurada, pero se suplía con otros factores. Ni mejores, ni peores, como decía el viejo capataz, simplemente otros que en su día nos sirvieron para llegar hasta donde estamos hoy.

Quisiera poder dedicarles

Unas palabras sinceras

A los que fueron pioneros

En sentir las trabajaderas.

Fueron gentes entregadas

Que sentían con firmeza

De que estaban haciendo

Que el corazón les latiera.

Gracias por darnos las llaves

De disfrutar la belleza

De poder ser la peana

Que por Sanlúcar pasea

A las Sagradas Imágenes

Que otros hermanos desean.

Costaleros del Resucitado:

Aunque estos hombres lucharon y pelearon para que pudiésemos ser Hermanos Costaleros. No todo ha sido un camino de rosas. Mis amigos más allegados saben, que hace unos años estaba un poco hastiado de este mundo del costal. Estaba pasándolo mal. Tal era el rechazo que me producían ciertos comportamientos que incluso me llegué a plantear el abandonar las trabajaderas.

Pero en el invierno de 2006, en una fecha difícil de olvidar para la Sanlúcar Cofrade, ocurrió algo que iba a cambiar la percepción que tenía en esos momentos y los sentimientos encontrados que poseía en mi interior. Porque el ocho de diciembre de ese año, la que era por entonces Agrupación Parroquial de la Sagrada Resurrección pasaba a engrosar la lista de Hermandades de Penitencia de Sanlúcar.

Debido a la amistad que me une a varios de los miembros de esta corporación, había tenido siempre un deseo casi enfermizo por poder pertenecer a esa cuadrilla, pero sus días de ensayo y mi situación laboral, que me mantenía alejado de mi tierra, hacía imposible el ser parte activa de los momentos que tantas y tantas veces había oído de la siempre enamorada boca de su gente.

Este deseo rozó el ansía desmesurada, cuando se confirmó que el Domingo de Resurrección harían Estación de Penitencia por primera vez. Opté por no flagelarme más porque no iba a poder ser, y me propuse disfrutar de ese día como disfrutaba antaño de la Semana Santa. Quería poder recrearme, aunque fuese desde fuera, de la primera subida del carril, de la entrada en carrera oficial o de las últimas chicotás en Santa Ángela, San Nicolás o en la plaza de San Francisco…quería poder vivirlo, de una manera u otra, pero vivirlo.

Recuerdo que ese domingo me levanté temprano, casi desperezando el día, con la misma inquietud en el corazón que había sentido hacía una semana, cuando descorría las cortinas de mi ventana buscando nubes en el firmamento. Respiré profundo al ver que la mañana había querido acompañarlos y ser uno más de sus nazarenos de blanca túnica y cíngulo dorado. El Señor Resucitado ya estaba en las calles de Sanlúcar. En esas calles comencé a observar a todos y cada uno de los costaleros de su cuadrilla. Costaleros que sin saberlo, estaban escribiendo a fuego sus nombres en la historia de la Hermandad. Tenían el orgullo de ser la primera cuadrilla que llevaba al Señor Resucitado a la Parroquia de la O para hacer su estación de penitencia.

Quizás la añoranza de no haber podido disfrutar de esos momentos compartiendo trabajaderas con grandes amigos. Quizás ver el transcurrir de una cofradía desde los ojos del costalero, hizo que me fuese involucrando de manera inconsciente en todo lo que estaban viviendo.

Mientras acompañaba el elegante discurrir del paso, iba observando las caras de los jóvenes costaleros. Caras que eran todo un crisol de emociones. En ellas, se unía la expectación, con los nervios de la proximidad del relevo. El cansancio acumulado por las horas de recorrido hacía mella en sus rostros, pero la alegría de saberse con la admiración de un pueblo, hacía liviana esa carga. Y así poco a poco y sin saberlo fue llegando el momento que cambió mi forma de pensar.

El gentío hizo que no pudiese detenerme para ver el paso hasta el final de la cuesta de belén, a la altura de donde se iba a producir un relevo. De pronto, asoma la imponente silueta del paso por las Covachas, y en su delantera, la majestuosidad del Señor. El misterio avanzaba con paso firme y decidido. Caminando por tientos una joven cuadrilla iba derramando ilusión, arte y alegría por haber conseguido un sueño.

Un revuelo se formó en los costaleros que esperaban su turno, sin apenas tiempo, el paso se les acercaba, y ellos volverían a ser los pies que pasearían al Señor. El toque de llamador hizo que el paso arriara justo frente a mí. Los zancos tocaron el suelo y el silencio momentáneo que se había producido al dejar de repiquetear los sones de la banda, fue roto por los aplausos de los que veían como unos compañeros que salían con los ojos vidriosos de entre los faldones, abrazaban a los que iban a disfrutar ahora de esa gloria. Palabras de ánimo, de compañerismo, de fe y sobre todo de ilusión, esa ilusión que yo había perdido, y que esos jóvenes costaleros, me devolvieron el domingo de Resurrección, porque…

Caminando iba por tientos,

La cuadrilla costalera,

Va derramando todo arte

Entre chicotás de seda.

De aquellos juegos de niños,

En calles y plazoletas

Nacisteis costaleros

De a los que el alma desvela

Al sentir sobre sus hombros

La fiel trabajadera.

Caminando va por tientos,

Buena gente costalera,

Que sale de amanecía

Cuando el sol no calienta

Para llevar a Sanlúcar

Esa luz que tanto anhela

Que librará de pecados

Llevándonos por la senda

Entre jaras y requiebros

Y un suave olor a hierba.

Poquito a poco capataz

Que el relevo les espera.

Que la ilusión vivía

En los que esperaban fuera

Para seguir portando

Amor de trabajaderas

Y devolverme las ganas

De sentir la arpillera,

De trabajar por derecho

Empujando la trasera

Y escuchar una marcha

Sabiendo que lo llevas

Sobre tus hombros cansados

Entregado mientras puedas.

Caminando va por tientos

Buena gente costalera

Que tiene alma de niño

Y un lugar en las estrellas.

Costaleros de San Diego

Desde lo más humilde de mi persona, he intentando hacer un pequeño homenaje a todos y cada uno de los costaleros de esta tierra. No se si lo habré conseguido, pero si puedo asegurar que no he dejado ni una sola de mis fuerzas en ello.

No quiero caer en el tópico de asemejar estas palabras a la última chicotá de una cuadrilla. Pero lo que si es cierto es que este pregón está llegando a su fin, y quiero pediros que al final y solo al final me permitáis una pequeña licencia. Quiero compartir con ustedes mi experiencia, mi razón de ser, mi vida, en definitiva que es para mí, ser costalero el Domingo de Ramos en San Diego.

Posiblemente en otras circunstancias, podría haber hablado de mis vivencias desde otro punto de vista, pero como en el caso de los mejores poemas de amor, que están escritos desde el desamor. Este año, creo que la añoranza de saber que no podré ir bajo las trabajaderas de mi hermandad, es lo que me esta haciendo escribir estas negras letras sobre el blanco papel. Yo, no puedo entender el ser costalero de otra manera, que no sea desde el deseo más profundo de mí por serlo. Desde que en una tarde de finales de abril o principios de mayo, mi padre me dijese que esperara a tener la edad suficiente para ser costalero, porque era muy pequeño para poder sacar un paso con mis amigos, desde ese día, el hecho de ser costalero en mi Hermandad está unido al paso lento y cansino de los minutos. Las ansias de poder llegar a un ensayo y poder fajarme, meter riñones y levantar al cielo fueron consumiendo los minutos de esa larga e insufrible espera.

Ser costalero en San Diego para mi, es haber ido cada año a ver bajar la cuesta belén con quien es para ti más que un amigo. Es ir a una igualá y que él, no pueda compartir contigo los momentos de las trabajaderas y lo veas sufrir, tornando en penas tu alegría. Es, salir de tu casa una fría noche de invierno acompañado por tu hermana, y buscar en el silencio de la noche, una marcha saliendo desde de una vieja radio por las cercanías del añejo hospital.

Ser costalero de San Diego, es vivir cada momento de cada ensayo, poder acariciar en un instante el goce de ser los pies de Ellos, y pensar que ya en este mundo pocas cosas pueden superar esa alegría.

Es tener todo un ritual que te acompaña. Es salir de tu casa siguiendo siempre el mismo camino, un camino que es el preludio de una nueva tarde llena de vivencias. Ser costalero, Vuestro costalero, es llegar y buscaros en la oscuridad de la Iglesia, no harían falta las velas encendidas, porque todo lo ilumináis. Es sentarte en un banco y rezaros a los dos, pedir por nuestras intenciones. Es ver como llegan tus hermanos, y advertir como se les iluminan los ojos al veros. Es sentir como el nerviosismo da paso a la ansiedad inquietante de la proximidad de la salida cuando ya están formados los tramos de nazarenos. Ser costalero el Domingo de Ramos, es saber que los latidos de tu corazón pueden ser acariciados por tus dedos, al escuchar como el listero nombra a los que ya están en las trabajaderas, es ver como se te nubla la mirada al ser testigo de como se dan los primeros pasos y se enfrenta el paso de misterio con el palio, Es conocerte envuelto en un sin fin de emociones, cuando se echan los costeros a tierra y en un alarde, se llevan los zancos a un deito del suelo, escuchar el esfuerzo y los sones de la marcha real hacen que un imponente izquierdo no sea más que el simple prefacio de la maestría que va a bañar las callejuelas sanluqueñas. Ser costalero en el Huerto es, llevar al cielo a María sabiéndote ya solo entre los muros de San Diego, escuchar únicamente el crujir de la trabajadera y las bambalinas tintineando en los varales. Es flotar por San Agustín, rezar en la O, o ir pisando una a una las piedras de la Cuesta de Belén, como queriendo que nunca se acabe. Es llegar al Carril y detener la noche para ver como entran por los respiraderos la tenue luz que está acariciando sus rostros.

Ser costalero, para mi, es llegar a los jardines del hospital y dar el último aliento en una chicotá lenta, disfrutar de los últimos sones del Domingo de Ramos, y ver como un olivo se mece costero a costero, o un palio viene sobre los pies muy despacito. Es saberte en una iglesia abarrotada de hermanos, y sentirte en la inmensidad del silencio de una multitud, y de camino al altar, sentir el rachear de las zapatillas y escuchar un “Guapa ya estás en casa” entre las mallas de los respiraderos, es arriar muy lentamente, como queriendo que nunca se apague ese momento. Es salir, y buscar a tu gente y abrazarles y dar las gracias por haber podido ser parte de ellos.

Y ya, una vez que todo ha terminado, cuando empieza a quedarse la Iglesia vacía, vuelves unas horas atrás, y te sientas de nuevo en el mismo banco, y vuelves a mirar sus caras. Son las mismas pero no son iguales. Parecen cansados, pero felices…sientes otro año más esa indescriptible sensación de haber envejecido unas décadas solo en unas horas. La cera que ha quemado la candelería, parece que son lágrimas que han acompañado a la Virgen en su largo caminar… poco a poco se van apagando las luces de la Iglesia, y las velas van dejando una etérea luz en sus rostros. Una sombra asoma, y va extinguiendo los últimos suspiros del Domingo de Ramos, convertidos ya en Lunes Santo. Cuando la última vela se apague, comenzará de nuevo la espera para poder vivir otro Domingo de Ramos y así…

Y nos abran las puertas

Que nos llevan al cielo,

Entrando los rayos de sol

Al hospital de San Diego.

Los llamadores ya suenan

Y comienzan los sueños

De una gente que quiere

Pasear por su pueblo

Entre portentosos izquierdos

Y de costero a costero

A un Jesús que está orando

Arrodillado en el huerto.

Despacito, caminando

Frente un dintel de requiebros

Se van costeros a tierra

Los templados costaleros.

Ya redoblan los tambores,

Que despiertan del sueño

A una plaza que espera

Entrega y sufrimiento

Bajo las trabajaderas

De la gente de San Diego.

Como dije hace un momento, será la certeza de saber que este año no seré tu costalero, lo que me ha hecho engañarme por unos momentos, y pensar que todavía, estoy tras los faldones granates de Tu palio. Pero no es así. La cordura vuelve y me hace sentir, esa extraña sensación que me dice que después de muchos años podré disfrutar viéndote detrás del antifaz de nazareno, con la cara radiante iluminada por la candelería pero… habrá alguien en el lugar que he ocupado estos años. Alguien que podrá ser tus pies este Domingo de Ramos, y que espero que pronto yo pueda volver a serlos. Aunque se, que mientras pueda seguir mirando tus ojos, te seguiré llevando conmigo, porque eres la Gracia que ha bañando mi Vida y la Esperanza que me guía…

Esa luz en tu mirada,

De bellos ojos benditos

No quisiera perderla

Mientras que siga vivo.

Ni el color de tu rostro

Ni tus lágrimas de mimos

Que no seré costalero

Si no te vienes conmigo.

HE DICHO.

En Sanlúcar de Barrameda Cuaresma 2009.

Antonio Romero González